lunes, 3 de marzo de 2008

UN ROSARIO TIBETANO Y UNA PLEGARIA

La primavera acompaña a ciertas licencias que el invierno aplaza con la esperanza de que pronto salgan las flores. Mientras los naranjos empiezan a dejar surgir el azahar, ya se respira aires de fiesta, y las visceras de desparraman con más facilidad que cuando hace frío. El frío nos hace más crípticos, más indefinibles e indeseables, más cobijados en nuestros pesares de cáscara de caracol, menos humanos.
El calor llega de golpe sin tiempo para que meditemos sobre él y sobre el vergel que nos acecha. Tengo miedo. Quizás es hora de que me compre un rosario tibetano e invoque una vez más una plegaria a gritos callados que ya casi no recuerdo.

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