
Por fin llegaba. Yo estrenaba mis zapatos inmaculados, mi vestidito de mariquitina y mi sonrisa infantil y crédula. Era una auténtica cofrade. Apuntaba en mi programa de Semana Santa con una I las cofradías que veía con mis abuelos y mis padres en las iglesias y con una C las que veía en la calle. Quería que todas aparecieran señaladas y la que no veía me provocaba una pena igualable a la pérdida de un juguete.
Lo recuerdo todo como si acabaran de pasar. Mi abuela con su caminar parsimonioso tirando del cuerpo como cada año iba a ver San Gonzalo a la salida. Me moría de la ilusión de llevarla del brazo ese día. Y por la noche esperábamos sentados en el seiscientos de mi abuelo para ver la virgen entrar a las 3 de la mañana. Así cogíamos una buena fila y mi abuela descansaba. Pasaba el Cristo y yo sentía una emoción igualable a la que siento ahora al recordar a mis familiares muertos. Siempre fui una niña sensible que lloraba con la música del telediario a medio día cuando llegaba de la guardería, y claro, la afición por las cofradías me la inculcó mi familia desde que tengo uso de razón. Sentía todas las emociones del cofrade: la piel de gallina ante una saeta, las lágrimas saltar ante la marcha Virgen del Valle, el nudo en la garganta con el cuerpo a tierra de los costaleros… en fin… mis recuerdos y hoy día una melancolía muy propia de mí.
Me empapaba de pasos, me rodeaba de ancianos sabios amigos de mi abuelo que me contaban mil historias sobre las hermandades, iba orgullosa de la mano de mi tía a ver las cofradías del sábado santo, cuando tenía a mis jóvenes padres agotados ya. Era un poquito cansina y hartible, la verdad sea dicha. Pero ahora sé que ese aire quizás repipi me hacía especial a cara de los mayores. Tenía fuelle hasta para la Resurrección, en aquella época la eterna olvidada, a penas iba público a verla, y a mi eso me provocaba mucha lástima. Como consuelo sonreía simpática a los nazarenos para demostrar que me gustaba mucho su Cristo. Y cuando terminaba siempre un sentimiento muy fuerte de tristeza, porque quedaba un año otra vez para que llegase.
No puedo evitarlo. Me da pena. Ya no estás tú para llevarme de la mano a los palcos. Ya no estás tú para enseñarme más sobre la imaginería, y te añoro tanto… Y aunque estuvieras, ya soy mayor y todo ha cambiado.Echo de menos ese beso tuyo de terciopelo verde con tu antifaz macareno, nervioso y sin atinar, con los ojillos azules debajo, enrojecidos de la emoción de ir ya, por ser hermano viejo, pegado al paso palio. Quiero pensar que eres uno de esos nazarenos de hoy, pero ninguno tiene tus andares, la curvatura de tu espalda, tu azul surrealista, tu brío, tus manos cargadas de venas, tus zapatos raros de hebilla de plata. Aún siento ganas de matar al niñato que se burló de ti aquel Viernes Santo allá por los ochenta porque te saliste de la cofradía antes de tiempo. Ibas malo con un aire en la cara corriendo por el Puente de Triana. Si hubiera ido yo contigo, a pensar de mi corta edad le hubiere rebanado la cara. Sí, desde chica fui muy impetuosa, como mi abuela; leonina domada.No puedo evitarlo. Hago como la que no, pero lloro cada año viendo a tu Virgen, que es la mía. Me emociono y trato que nadie se de cuenta, porque no me gusta parecer vulnerable, y llego a casa con un nudo grueso que me aprieta las entrañas y que es imposible de desatar porque coge no solo la garganta sino mucho más adentro. La Semana Santa me gusta, y ya no tanto por religión ni por fe, ni siquiera tanto por placer estético y contemplativo como de niña. La Semana Santa ahora eres tú. En cada cosa te veo a ti. A ti indignado por la ausencia de silencio ante alguna cofradía, a ti impaciente por ponerte tu túnica macarena, a ti muerto de miedo por pensar que podía ser el último año que la vieras, a ti triste por saber que las cosas pasan, a ti emocionado por una chicotá, a ti orgulloso por mi Oda a Peana… a ti esperando en la catedral, a ti sentado ante el Canal 47 desde tu silla verde porque ya no te atrevías a verlas en la calle. Siempre fui consciente de que esto llegaría, y llegó. Llegó el día de ver tu cofradía sin que tú estés aquí. Infantil y acogiéndome a las grandes verdades del pensamiento mágico que práctico a pies juntillas porque tus cuentos me lo inculcaron, espero el milagro de que ese día de alguna forma en la calle Parra cuando esté viendo la Macarena,te me aparezcas y me dediques ese beso verde esmeralda con tu capirote bien colocado, como cuando era chica.
Lo recuerdo todo como si acabaran de pasar. Mi abuela con su caminar parsimonioso tirando del cuerpo como cada año iba a ver San Gonzalo a la salida. Me moría de la ilusión de llevarla del brazo ese día. Y por la noche esperábamos sentados en el seiscientos de mi abuelo para ver la virgen entrar a las 3 de la mañana. Así cogíamos una buena fila y mi abuela descansaba. Pasaba el Cristo y yo sentía una emoción igualable a la que siento ahora al recordar a mis familiares muertos. Siempre fui una niña sensible que lloraba con la música del telediario a medio día cuando llegaba de la guardería, y claro, la afición por las cofradías me la inculcó mi familia desde que tengo uso de razón. Sentía todas las emociones del cofrade: la piel de gallina ante una saeta, las lágrimas saltar ante la marcha Virgen del Valle, el nudo en la garganta con el cuerpo a tierra de los costaleros… en fin… mis recuerdos y hoy día una melancolía muy propia de mí.
Me empapaba de pasos, me rodeaba de ancianos sabios amigos de mi abuelo que me contaban mil historias sobre las hermandades, iba orgullosa de la mano de mi tía a ver las cofradías del sábado santo, cuando tenía a mis jóvenes padres agotados ya. Era un poquito cansina y hartible, la verdad sea dicha. Pero ahora sé que ese aire quizás repipi me hacía especial a cara de los mayores. Tenía fuelle hasta para la Resurrección, en aquella época la eterna olvidada, a penas iba público a verla, y a mi eso me provocaba mucha lástima. Como consuelo sonreía simpática a los nazarenos para demostrar que me gustaba mucho su Cristo. Y cuando terminaba siempre un sentimiento muy fuerte de tristeza, porque quedaba un año otra vez para que llegase.
No puedo evitarlo. Me da pena. Ya no estás tú para llevarme de la mano a los palcos. Ya no estás tú para enseñarme más sobre la imaginería, y te añoro tanto… Y aunque estuvieras, ya soy mayor y todo ha cambiado.Echo de menos ese beso tuyo de terciopelo verde con tu antifaz macareno, nervioso y sin atinar, con los ojillos azules debajo, enrojecidos de la emoción de ir ya, por ser hermano viejo, pegado al paso palio. Quiero pensar que eres uno de esos nazarenos de hoy, pero ninguno tiene tus andares, la curvatura de tu espalda, tu azul surrealista, tu brío, tus manos cargadas de venas, tus zapatos raros de hebilla de plata. Aún siento ganas de matar al niñato que se burló de ti aquel Viernes Santo allá por los ochenta porque te saliste de la cofradía antes de tiempo. Ibas malo con un aire en la cara corriendo por el Puente de Triana. Si hubiera ido yo contigo, a pensar de mi corta edad le hubiere rebanado la cara. Sí, desde chica fui muy impetuosa, como mi abuela; leonina domada.No puedo evitarlo. Hago como la que no, pero lloro cada año viendo a tu Virgen, que es la mía. Me emociono y trato que nadie se de cuenta, porque no me gusta parecer vulnerable, y llego a casa con un nudo grueso que me aprieta las entrañas y que es imposible de desatar porque coge no solo la garganta sino mucho más adentro. La Semana Santa me gusta, y ya no tanto por religión ni por fe, ni siquiera tanto por placer estético y contemplativo como de niña. La Semana Santa ahora eres tú. En cada cosa te veo a ti. A ti indignado por la ausencia de silencio ante alguna cofradía, a ti impaciente por ponerte tu túnica macarena, a ti muerto de miedo por pensar que podía ser el último año que la vieras, a ti triste por saber que las cosas pasan, a ti emocionado por una chicotá, a ti orgulloso por mi Oda a Peana… a ti esperando en la catedral, a ti sentado ante el Canal 47 desde tu silla verde porque ya no te atrevías a verlas en la calle. Siempre fui consciente de que esto llegaría, y llegó. Llegó el día de ver tu cofradía sin que tú estés aquí. Infantil y acogiéndome a las grandes verdades del pensamiento mágico que práctico a pies juntillas porque tus cuentos me lo inculcaron, espero el milagro de que ese día de alguna forma en la calle Parra cuando esté viendo la Macarena,te me aparezcas y me dediques ese beso verde esmeralda con tu capirote bien colocado, como cuando era chica.
No hay comentarios:
Publicar un comentario