miércoles, 23 de enero de 2008

QUIETUD/ INQUIETUD


No es que esté cansada de escuchar a la persona que tengo a la derecha todo el día no parar de hablar idioteces, como un susurro constante y distante, que me alcanza por su insistencia, no.
No es que esté hasta las narices de soportar las consecuencias de broncas ajenas que no van conmigo, no, no es eso.
Tampoco es que la competencia se esté poniendo cada vez más agresiva, tirando los precios, no, al fin y al cabo es la ley de la oferta y la demanda.
No es nada, de eso y todo eso a la vez. Llevo más de tres año con el culo pegado a la misma silla, escuchando los mismos comentarios, yendo repetidamente a por agua, saludando en el mismo tono, viendo como cambia mi cara en el espejo del servicio, día tras días. Ayer descubrí una cana rebelde en mi cabeza y una arruga en el entrecejo que antes no estaba ahí.
Mi trabajo me gusta, o me gustaba, ya no sé, pues últimamente la cuesta es más pronunciada, y tengo menos fuelle para subirla. Quiero retos. Las ilusiones no cuentan, parece que incluso cuando tu actitud es por mejorar las cosas, que haya un buen clima, y más beneficios para el grupo, no sirve para nada. A veces creo que tengo suerte, no me puedo quejar en absoluto de mi jefe, cosa rara porque suele ser la principal causa de infelicidad laboral en la gente, más bien me quejo de cosas mucho más pequeñas. Quiero paz, que me dejen desempeñar mis funciones con normalidad, estoy harta de esa voz constante y cojonera de fondo, que me cansa, me aburre, me estremece las legañas, sí, las legañas, porque del estrés que me provoca oírle me salen legañas. Quiero seriedad, si se dice algo, se hace. Quiero dejar de ver esa luz blanquecina de hospital cuando entre, quiero que las plantas dejen de morirse, quiero que deje de oler a tortilla de patatas a medio día, quiero ausencias, y quiero presencias, quiero un becario mono que me eche una mano. Por querer, pues quiero.
Soy egoísta. Cuántos querrían estar como yo. Siempre he sido consciente de la suerte que tengo, pero hay días grises como hoy en que de repente me sorprendo mirando con lascivia al chico de los recados, y eso que ni siquiera es una cara nueva, es más, tampoco es gran cosa, vamos que el chaval el pobre tampoco despierta mucho mi interés contemplativo, al final en lugar de lascivia le miro por mirar algo que se mueve y que no soy yo... ¡Qué pena doy!

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