miércoles, 23 de abril de 2008

ME ENAMORÉ

Como empieza la Sevillana de Las Carlotas: Me enamoré, me enamoré, me enamoré...me enamoré. Me enamoré y me dediqué durante 9 meses, que fué lo que me duró más o menos el enamoramiento a Dios gracias, a caminar por la calle con aire febril y taciturno, como los poetas románticos.Todo me recordaba a él: un semáforo rojo: oh! como su carrillos rosados, un perrito abandonado: oh! con sus ojillos tiernos como él, el dependiente de la librería: oh! si no fuera por el pelo, los diez kilos más, la nariz más gorda y el color de piel en lugar de negro, blanco... serían clavaditos.Me enamoré y no podía dejar de pensarle, me lo imaginaba tanto cuando no le veía, que se me olvidaba su cara, lo soñé de canto, de perfil, bocarriba, mirando a Gelves...¡Cómo me enamoré! Como una auténtica energúmena. Su nombre estaba constantemente en mi cabeza pululando, revoloteando, y los ojillos se me iban hacia arriba con constantes suspiros. ¡Ay!Quería verle constantemente, y darle besitos todo el tiempo. Cuando se ausentó durante un mes fue la muerte a pellizcos. Sonaba el móvil y mi corazón redoblaba como tambores. Cuando escuchaba su voz, me entraba un templeque nada sexy. Tenía que sentarme para no hacerme añicos de placer.Me enamoré como una bellaca. Me daba miedo perderle, que le pasara algo, no me podía creer que me estuviera pasando a mi tal experiencia religiosa. A mi mente acudían sin ser llamadas las canciones más cursiles y moñas del mundo, las que antes odiaba de repente me parecían hermosas odas a mi amor. Y todas por supuesto, tenían que ver con lo nuestro.¿Qué era eso? ¿Por qué estaba siempre sonrosada, por qué tenía esa sonrisilla bobalicona, por qué tenía tanto calor, por qué estaba monotemática y solo podía encumbrar en mis sentidos su ser?Me enamoré como una maldita. Caminaba por la calle como un pajarillo saltarín, feliz en mi tontería, ausente de todo, al margen del mundo...Me enamoré... me sobreenamoré, me extradimensioné en mi enamoramiento, y fui feliz como una niña chica con un chupachups gigantes que parece que nunca va a acabarse. Pero se acaba, después de mucho chupar se gasta y no queda caramelo, queda el palo, y acostumbranos a roerlo, hasta que aburridos y con ansias de azucar nos compramos una piruleta, por variar. Y asi podemos estar eternamente. ¡Si es que somos tan efímeros!Sin embargo, esta vez, tengo la esperanza de que el dulce me dure, de que el saborcillo se me quede impregnándome para siempre las pápilas gustativas. Este chupachups era por lo menos de los de veinte duros.



Dedicado a tí Y a tí.

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