martes, 6 de mayo de 2008

RÉQUIEM POR NUESTRAS COQUINAS

El sol estaba a punto de ponerse en Isla Canela. Había gente en la playa para ser Mayo, hacía calor, pero a esa hora empezaba a refrescar. Hay estabamos tú y yo, en la orilla, con nuestro bikinis nuevos, derrochando erotismo con nuestros cuerpos morenos. De repente tuviste la feliz idea:
- ¿Cogemos coquinas?
Yo que soy fácil de convencer asentí con la cabeza con cierta desmotivación. Todo empezó como quien no quiere la cosa.
-Uy! Mira he encontrado una, bien gorda! Alá! Otra! y otra! y otra!Sin darme cuenta hacía posturas imposibles y acrobacías para rentabilizar el tiempo y coger más coquinas y terminé más de una vez sentada patiabierta o de culo en la orillita.
Empezamos a emocionarnos, había cientos, miles de coquinas enterradas en arena. Sin querer comenzamos a competir a ver quien cogía más. Fue una auténtica lucha lo nuestro, amiga. Miraba tu botella de reojo y pensaba: -Llevo más... soy la mejor cogiendo coquinas.
Quería parar pero era un vicio una mala droga, a más encontraba más quería, la pierna me dolía, el pie helado por el agua, amoratado los dedos, pero hay estabamos en un cuerpo a cuerpo... coquina a coquina.
Hubo un momento en que me sentí ridícula, la noche caía casi y la luz cada vez más tenue, y sin embargo ahí estabamos, insistiendo. Llegamos de noche al apartamento, nuestros amigos nos miraban: - Mira, las dos raritas del grupo.
Pero nos daba igual porque teníamos nuestra "gran pesca"
Las coquinas, metidas en sendas botellas viajaron hasta Sevilla con nosotras. Yo llegué a mi casa y tú a la tuya. Compré un buen vino blanco para zampármelas al ajillo, " descorché" la botella de lanjarón para sacarlas de su cautiverio. Estaban ahí con sus lengüitas fuera, buceando en su mar portatil. Y entonces ocurrió lo inesperado. Un gran hedor salió de la botella, un olor a putrefacto, a rancio a muerto... ¡no podía creerlo! Se habían suicidado. ¡Qué horror! No sé si aguantaron la respiración porque eran rebeldes y no querían morir comidas por mi, o bien las he matado por negligencia. Quizás les dio mucho el sol, quizás debí abrir la botella antes, no sé... siempre me quedará la duda, el remordimiento, el sentimiento asesino de haberlas aniquilado. De todos modos iban a morir comidas, sí... pero no es lo mismo. Tuve que tirarlas a un contenedor de basura, sin entierro digno ni nada, se vengaron de mí con ese olor asqueroso que duró varios días en mi casa. A tí te ocurrió lo mismo, me llamaste llorando, acusándote de no ser "buena madre" para nuestras pequeñas coquinas... te ví desecha en un mar de angustia, preguntándote por qué. Las encontraste como yo, abiertas con lo que es todo el bicho fuera. Amiga mía, no hay nada que podamos hacer, aprenderemos de la experiencia y la próxima vez las cuidaremos, les echaremos sal, las meteremos en el frigo y dejaremos que le entre aire.
Traté de consolarte, las mías no habían tenido un final mejor que las tuyas. Sin embargo tuve la osadía de guardar una que sí vivía. Me pareció que era síntoma de selección natural, sobrevivió la más fuerte. La saque y la hundí en un vasito con agua y sal, la puse al fresquito y le agregué arena. Ella se hunde a su libre albedrío, sale y entra, me saca la lengua... yo la veo feliz, a su rollo. y por supuesto nunca me la comeré porque me hace compañía. En los días de soledad hablamos de nuestras cositas, bueno, ella escucha interesada, tampoco tiene mucho que contar. Sí, creo que nos hemos hecho amigas, y en el fondo ya me ha perdonado la masacre de sus amigas, sabe que fue sin mala intención. Y en profundizar en nuestra amistad andamos... mi coquina y yo.

1 comentario:

U.S.C.S.S. Nostromo dijo...

Isla Canela está muy cerca de La Antilla ¿nos conoceremos algún dia?
Anda dí que sí y nos morimos de la risa y nos comemos unos chocos a la plancha, almejas y coquinas, a la sombra. un beso.