jueves, 17 de enero de 2008

CAN




La mañana amanecía nublada. Me desperté sobresaltada, con taquicardias. Presentía algo. No sé. Febrero se aproximaba como una amenaza, a la vez con deseos que auguran primavera. Es hora de darse un poco de estuco, y salir a trabajar. Siempre salgo de casa en ayunas y oliendo a colonia, es un rito como otro cualquiera. Repito el mismo esquema de siempre: apagar termo, comprobar luces y asegurarme de que he cerrado las puertas. Sin embargo, algo raro pululaba en el ambiente. Me empecé a imaginar mundos posibles, de lo más extravagantes: una visita de marcianos, el fin de la humanidad, y poco a poco pasé a realidades menos complejas: la visita de unos parientes lejanos, el anuncio de una boda poco deseada, una mejora laboral, un viaje inesperado. No sé, algo iba a suceder de un momento a otro.
Me encantaba la dichosa sensación, a pesar del miedo a las premoniciones que he tenido toda mi vida. La última que tuve no fue muy afortunada, sin embargo, esta vez no lo veía negro.
Subí al coche ¿tendré un accidente? ¡Anda ya! Eso no es. Pero algo va a pasar. Pusé música, me inspiré a cantar como si nada. La carretera estaba vacía, era un día como otro cualquiera, y sin embargo no había atasco. ¡Qué felicidad!. No se oía nada, todo era calma y quietud, relajación y armonía. Pensé en un cementerio. Sí, muy alegre, pero es verdad, lo pensé. Pensé en los muertos, en lo aburrido que debe ser no existir. La idea se me fué, de repente, como un zig zag repentino. Acababa de atropellar a un perrito pispireto que cruzaba la calzada, intrépido y sin mirar. Frené como pudé, pero noté su cuerpecillo peludo chocar con mi rueda. Salió exaltando un último grito, un infernal aullido que me horrorizó. Tengo pánico a los perros, es una fobia que desde que tengo uso de razón vive conmigo. Jamás he podido coger ni acariciar a un perro. Paré el coche. Le ví inerte en el arcén. Me salieron dos lagrimones. Un impulso me llevó a bajar del coche. Me quedé inmóvil a 4 metros del animal. Le miré. Aún movía las patitas, levantó la cabeza y sus ojillos negros se clavaron sobre mí. Pensé que debía odiarme, sin embargo sus pupilas dilatas me buscaban cariñosas, pidiendo un último gesto de amor por parte de este mundo de perros. Hacía tiempo que las visceras no me llamaban a hacer algo tan poco predecible. Me acerqué al chucho, lo agarré, lo metí en mi coche, y lo llevé a un veterinario. En ese momento el miedo a los perros se convirtió en un amor desorbitado a ese pequeño perruno. Tenía que salvarse, tenía que enmendar el mal y curarle. Y se salvó. Quedó un poco cojito, pero eso le hacía aún mas entrañable, con sus andares dislocados y sus malos pelos. Y vivimos felices él y yo y comimos perdices. El miedo a los perros desapareció, y Hugo ( que así le puse en honor a Hugo Silva, a ver si se le pegaba algo del atractivo actor) me enseñó un cariño desconocido para mí: el amor y la compañía desinteresada de un perro. FIN.

( y ahora viene cuando me despierto, y deseo que esto realmente hubiese pasado)

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