Es la hora. Comienza el replique insaciable de campanas hambrientas de funerales. No quiero escucharlas, no quiero que toquen por tí, no quiero pensar que esta vez te has ido de verdad.
Cuantas veces me aterrorizó la idea de perderte y como un sueño irreal, como una nube imposible, como un agua fría y corrosiva, ha llegado ese instante en que te has ido.
Te has ido para no volver y busco señales desde el infinito que me hagan reaccionar. No encuentro. Quiero pensar que dentro de un rato abriré los ojos y estarás ahí, donde siempre, con la mirada fija, la sonrisa pintada, tu color al caminar, tu olor a ti.
Es la hora de despedirte, pero no quiero, no tengo por qué hacerlo, no estoy dispuesta a asumir tu marcha. Miro a través del cristal, pensando que lo que hay fuera no tiene nada que ver con lo que yo veo desde dentro. Tengo la esperanza de abrir la ventana y que la negrura, el dolor, el inagotable y cansino sonar de la torre más alta, se convierta en una tarde de fiesta, con música de pasodoble, como cuando eramos jóvenes, con colores imposibles de imaginar, contigo en el centro balanceándote, de un lado a otro, como siempre, con ese semblante tan tuyo.
No me ha dado tiempo a añorarte y sin embargo siento morir mis sentido uno a uno. Ya no necesito los ojos, pues no estás tú para mirarte, ni el tacto, para qué el tacto si tu piel ya no es mía. Para que quiero el gusto si no voy a saborear tus besos repentinos en la noche, y para qué el olfato, sin tí el mundo carece de aroma. No quiero escuchar más como chillán las campañas, para que quiero el oído si ya no puedes dedicarme ninguna baladas. Te has ido del aire para siempre y sin mí. Y yo ya tengo poco que hacer en este mundo, tan hueco.
lunes, 7 de abril de 2008
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