Lunes de feria, llueve en Sevilla. Panorama desolador. Me levanto sin embargo con migajas de esperanza en el rostro, deseosa de que el tiempo mejore, y si no... pues que le vamos a hacer, nos embarraremos el traje nuevo hasta las cejas.
Llego al trabajo con esa alegría que me caracteriza, saludando a todos con la mano derecha, sutil, cual infanta Elena en sus mejores tiempos. Me siento en mi sitio, y me dispongo a dar el primer mordisco a un sandwich integral de pavo con muy mala pinta, pero importante para la operación entrar en el traje de flamenca. De repente... zas! Noto un agujero en mi boca... me acabo de tragar un trozo de muela, o de empaste, no sé. Me voy al baño, hago la intención de vomitar, no lo consigo. Me resigno a que el trozo de muela pulule dentro de mi hasta desintegrarse. Y de repente soy consciente de que tengo un agujero en la boca que me duele y lo peor, ¡¡¡¡ es feria!!!!Me pongo a buscar un dentista con carácter de urgencia, llamo y llamo sin parar como si se me fuera la vida en ello.
Esta situación me recordó el episodio en que una hucha de piedra que me regalo mi ex novio se me cayó en los piños haciendo gimnasia y me partió las paletas. Monté un drama digno de telenovela. Tenía 20 años también, ahora 8 más. Cuando me miré al espejo y me vi con los dientes rotos y esa cara de pozi ( que aun no existía en esa época) no pude dejar de llorar hasta que vi que tenía arreglo. Desde entonces para mi el dentista ha adquirido categoría de semi-dios.
En definitiva, consigo al fin que un dentista me reciba. Llego a la clínica, después de ponerme chorreando porque no para de llover y el paraguas se me ha roto del viento, me insertan en una sala de espera con aire acondicionado, siento frío, mucho frío, me cierran la puerta, yo insisto en abrirla, me la vuelven a cerrar... empiezo a mosquearme... ¿ de que no puedo enterarme? Y de repente, el tiempo se para.
Aparece ante mi una imagen onírica, un deyavire como diría Maria. Trás el cristal un varón de raza blanca con ojos penetrantes y cabello negro, porte a lo Hugo Silva, me mira curioso. Y yo estoy horrorosa, en mi peor día, no puedo estar mas echa una mierda, con el pelo mojado, sin maquillar...
Le mando un mensaje a mi amiga que me recomendó esta clínica: Lo he visto, me ha mirado... hoy creo en Dios.
El verde quirófano le sienta divinamente. Parece un angel caído. ¿Qué lleva en sus manos? Un chismito picudo llamado mosquito y que da mucho miedo. Da igual... agujereame la boca si quieres, me dejo.
Rezo todo lo que se: por favor por favor... que me toque el dentista guapo... por favor.
Pero una vez más el destino me la juega y un señor mayor me llama lentamente con su mano, como si fuese a entrar en el reino de los cielos. Camino suspendida en el aire, me cruzo con el angel caído. Me sonríe el muy maligno. Hago una mueca de dolor con cara de mucha pena. ¿Le habré enternecido? ¿ Me lo ganaré por ahí?
Me sientan en el sillón y me abren la boca. La frase desoladora del dentista me marcará de por vida: Uhhhh... esto tiene muy mala pinta.
La siguientes frases fueron de corrido: endondoncia, hay que matar el nervio,te va a doler, no sabemos si terminaremos hoy y dentro de 3 meses te pondremos una funda. No hay otra solución, hija.
Despues me enseñó una radiografía: Mira verás, lo vas a entender rápido.
De repente un montón de nombres técnicos salieron de la boca del dentista viejo, no entendí nada, pero dije que si, claro. Me sentí un poco bruta ( y no porque me pusiera así el angel caído, no) Se supone que era fácil de entender y yo no me enteré de nada. Qué lástima de coeficiente intelectual.
Las siguientes dos horas pasaron lentas. Me anestesiaron y empezaron a toquetearme ahí. No me gustó pero tampoco me dolió, me recordó mucho al día que perdí la virginidad.
Esperaba mucho dolor y sin embargo, yo estaba allí muy contenta con mi boca abierta, con una funda de plástico verde en la boca y saliendo solamente la muelecita herida. Me escarbaron, me limaron, me pasaron por la boca mil utencilios raros. Cuando todo terminó, pregunté.
-¿ Ha muerto?
-¿¿¿Qué??? -preguntó el dentista pasmado.
-El nervio, el nervio mío- dije yo.
-Siiiii, ( risas)
A todo esto el dentista-angel caído, aparencía de vez en cuando con sus ojillos malvados, se asomaba y miraba mi boca, bueno, más bien esa cosa asquerosa que en ese momento debía ser mi boca. Traía piezas, se iba, volvía. Entonces fui consciente de que para él yo solo he sido una endodoncia más, una funda más que preparar, una muela partida, un trozo de boca enferma.
Resignada, cuando todo terminó fuí a pagar la broma. 230 euros ahora y 300 cuando me pongan la funda. Dos lagrimones me caen de los ojos. Y ya para siempre unidas hasta donde el infinito nos lleve, mi endondocia y yo.
martes, 8 de abril de 2008
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