
La ciudad está dormida, muerta. Los edificios parecen erguidos como sombras de parcas que caminan entre el bien y el mal, apurando sus pecados hasta el infinito, implorando perdón. La Catedral esconde historias, ojos abiertos que han visto pasar maldades y verdades, mentiras y frases benévolas, oraciones malditas y gritos de dolor.
La plaza está vacía, la madrugada desaparece en chillidos de amanecer, pájaros que condenan con aullidos de lobos, sedientos de sangre. Las farolas tiritan, agonizando la poca luz que les queda, pendientes y dependientes de que amanezca, una vez más, para nada.
El frío es húmedo, cala los huesos y te sientes un cadáver caminante, que no busca, que quiere y no alcanza un estado más allá que la gloria del pasado, que el recuerdo de haber sido alguna veces, hace tanto ya, carne con sentidos.
Ausencias, presencias, pero sobre todo hastío. No se escucha murmullo de vida, el silencio no es paz, es inquietud ante la certeza de que algo ha pasado.
Las alcantarillas encierran pesadillas, tapan gritos de bocas con esparadrapo. Ni siquiera me interesa mirar, tratar de salvarlas de su prohibición. Las dejo ahí, atrapadas. No me importan al fin y al cabo, he perdido la capacidad de sentir lástima.
No es locura, ni soledad, ni siquiera miedo, es la indiferencia y el mareo provocado por las vueltas cansadas que da todo sobre sí, y la finalidad… ninguna, o la misma de siempre, volver y volver en un eterno retorno.
La plaza está vacía, la madrugada desaparece en chillidos de amanecer, pájaros que condenan con aullidos de lobos, sedientos de sangre. Las farolas tiritan, agonizando la poca luz que les queda, pendientes y dependientes de que amanezca, una vez más, para nada.
El frío es húmedo, cala los huesos y te sientes un cadáver caminante, que no busca, que quiere y no alcanza un estado más allá que la gloria del pasado, que el recuerdo de haber sido alguna veces, hace tanto ya, carne con sentidos.
Ausencias, presencias, pero sobre todo hastío. No se escucha murmullo de vida, el silencio no es paz, es inquietud ante la certeza de que algo ha pasado.
Las alcantarillas encierran pesadillas, tapan gritos de bocas con esparadrapo. Ni siquiera me interesa mirar, tratar de salvarlas de su prohibición. Las dejo ahí, atrapadas. No me importan al fin y al cabo, he perdido la capacidad de sentir lástima.
No es locura, ni soledad, ni siquiera miedo, es la indiferencia y el mareo provocado por las vueltas cansadas que da todo sobre sí, y la finalidad… ninguna, o la misma de siempre, volver y volver en un eterno retorno.
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