Os presento a Rufo, el perro de mi compañero. No tengo el gusto, bueno en mi caso más bien el disgusto, con el miedo que le tengo a los perros, de conocerlo en persona. Estaba en un refugio, triste, solo, era el más viejo, el que más tiempo llevaba allí, y mi compañero lo rescató. Ahora es feliz, tiene un hogar, y una familia que cuida de él. Es feliz porque tiene todo lo que puede desear un perro, calor en invierno, fresquito en verano, comida y cariño.
Cuando lo miro siento una gran ternura hacie él, sus ojillos inocentes y agradecidos, su sonrisa simpática, el orgullo con el que muestra su lengua rosa, sus malos pelos, su color vulgar, y todo eso lo hace único, aún siendo un perrucho callejero.
Le comprendo, porque a veces me siento como él, feliz por tener todo lo que he deseado siempre. Me ha costado bastante menos dolor que él, pero sí muchos quebraderos de cabeza. Sin embargo yo no miro ni sonrío ni saco la lengua así, ni estoy tan agradecida a la vida como lo está él.
Sin duda soy mucho más ingrata que este perro. A veces prefiero revolcarme en la mierda, quién sabe trantando de redimir qué. A veces prefiero autoflajelarme, en lugar de comer agradecida mi "plato de comida" Seguro que Rufo no piensa que no se merece lo que tiene y seguro que tampoco le da por pensar que a lo mejor algún día hace algo malo y sus dueños dejan de quererlo y lo devuelven al refugio ( bueno, primero habría que ver si Rufo piensa...)
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