Cada mañana repito el mismo ciclo: Me levanto, me miro la panza a ver si ha aumentado de tamaño. Si está igual, sonrió satisfecha, me mantengo en el peso, bien campeona. Si está gordita, hago un gesto con la boca que traduce indignación. Lo hago casi sin darme cuenta, y después de hacerlo, me da vergüencita ajena de mi. Trás esto, sigo el mismo proceso con el culo, lo miro daleándome y pienso: que jodío, sigue igual de gordo aunque adelgace, ¿o no? Quizás esté más fino. Y tras eso hago una mueca con el cuello acompañada de un apretamiento de cara. Me conformo, es lo que hay, está bien. Palmadita psicológica, me veo estupenda.
Después de ducharme decido qué ponerme, siempre siguiendo el baremo del tiempo. Esto me lleva un buen rato, me fastidia y la vez me gusta. Recuerdo que la radio existe, la pongo, escucho el Anda ya! Me río de las bromas, me indigno con las pruebas de novios y salgo huyendo de casa una hora después de haberme levantado. ¿ qué he hecho en este tiempo a parte de mirarme el culo, la barriga y lavotearme? Básicamente poco más: elegir bolso complementos… me siento tan jodidamente insulsa... que me divierto muchísimo. Es el momento más hueco del día, el resto lo dedico a menesteres mucho más trepidantes, pero estos instantes mañaneros va a determinar el resto de las horas, sí.
Me subo en el coche, saludo a los obreros, ellos me jalean a mi.
Comienzo el recorrido al lugar de mi aparcamiento, una hora de atasco. El aljarafe está cada vez peor, una frase recurrente. Veo a mi cuñao y le digo como todo los días sacando con esa finura que me caracteriza, la cabeza por la ventana: ¡¡CUÑAAAAOOO!! El me saluda con la mano, me dedica alguna palabra amable:¡CUÑAAAA! Pienso: Qué mono está repartiendo el periódico, tendrá loca a las niñas el cabroncete! Me da nostalgia, recuerdo cuando me gustaban los niños de su edad. Ahora me sorprendo a mi misma mirando hombres maduros, varoniles y con pose atractiva, hombres que probablemente me lleven 10 o 15 años. Tengo una rápida fantasía sobre eso hasta que llego a la calle donde cada mañana me para la policía, me da el stop, siempre a mi, parece que el poli quiere tema, pues todas las mañana corta la circulación en mí. Me indigno, lo miro con cara de pocos amigos, le desafío abriendo la ventana, no digo nada. El también mira. Tendrá unos 37, tiene cara de embrutecido. Tensión.
Pasado el primer atasco llegó al segundo, tomo un atajo, pero me sigue pillando. A veces paro en la gasolinera para pensar un poco en lo divino y en lo humano ( ya sabeis a que me refiero) , otras no, hace frío. En este atasco, todos pitan, ¿para qué? Les gusta joderme con sus pitos escandalosos y bastos. Despotrico contra ellos para empezar la mañana con alegría. Llegados a este punto, suelo pensar en los grandes enigmas de la vida: la muerte, el destino, el fin de la humanidad, mi compañero Nacho. Mi cara traduce una gran sabiduría en esos momentos de parón. Me toca pasar, y le doy a toda leche, que se pare el de la rotonda, estoy hasta los huevos de esperar mi turno. Y por fin autovía y por fín… tercer atasco en el Patrocinio. Ahí ya me río, me río por no llorar, y riéndome llego a mi zona de aparcamiento, hace un par de días era un lago toda arriada. Me puse de agua hasta los tobillos. Normalmente aparco y por el camino me encuentro unas entrañables ratas bien gordas que me hacen huir despavorida, como alma que lleva el diablo. Pienso que también tiene derecho a la vida, y se me pasa. Me paro en la papelera, siempre tengo algo que tirar, no recuerdo que está rota y lo que tiro vuelve a mi, vamos a mi pié en concreto. Me siento ridícula, seguro que alguien me ha visto y se está descojonando. Bueno, está bien divertir a la gente. Camino por el puente, rápido, como si hiciera marcha, espero no estar tan patética como los que compiten en las olimpiadas ( con todo mi cariño, pero esos andares no son muy sexys) No llego tarde, pero me gusta sentirme presionada, masoquismo. Cruzo el puente, siempre las mismas caras, anóminas y a la vez tan familiares ya. Una bici casi me atropella, y eso que no voy invadiendo su carril, encima me insulta, siento ganas de pegarle, pero cojo el movil y pienso en llamar al 112, a veces lo hago, otras no, depende del sol. Me indigno, dedico unos minutos a pensar en el alcalde y su gran cabeza.
Llego al semáforo, se pone en verde, pero espero 3 segundos, pues siempre hay un coche que se pasa, y si no me paro esos 3 segundos, muero muy probablemente.
Paso por la obra del centro, a veces me rió, otras me encabrono y camino recta, seria, con cara de pocos amigos. Cruzo la plaza del museo, pienso en mi abuelo, y en sus cuadros, y en tantas mañana que fui con el de pequeña. Se me salta una lágrima tibia, y al final siempre la misma sonrisa de pokemon azul. Llego a la calle Alfonso XII, cargada de periódicos, me planteo mi vida, mi trabajo, mi casa, mi todo. Se me pasa. Me siento afortunada, me repito a mi misma que tengo suerte y que en el fondo, aunque a veces me harte de mi, adoro mi rutina. Es bonito llegar cada mañana al centro, ver las tiendas, sentir que me puedo comprar cosas inservibles, salir a comer con mi madre a medio día, pensar en el cóctel de por la noche, y en llegar a casa después y descansar de todo y ver un par de bonitos ojos azules que me desean.
Me subo en el ascensor, y se para!!!!!!!!! Miedo, angustia, caos, horror!!!!!!!!! De repente todo deja de tener sentido. ¡Me muero! ¡¡¡¡Quiero salir quiero salir!!!!! ¿Saldré algún día? ¿Me quedaré años aquí metida? ¿Moriré antes? Tardo unos 10 minutos en salir, y no por ser liberada, espontáneamente se abre la puerta. Creo que estoy azul, y creo que he perdido 200 gramos de los nervios. (Que bien- pienso) Al abrir la puerta no me acuerdo de nada, ¿como he llegado hasta ahí? No me encuentro precisamente a un buenorro guapísimo recibiéndome de mi liberación, no, me encuentro a alguien naranja, ese ser con sonrisa vertical en los morros, escalofriante sombra grisácea que me provoca pesadez en el alma. Y lloro, lloro mucho, me paso el día llorando por fuera y por dentro, me inundo. Pero la ilusión es lo último que se pierde. Me imagino que le empujo al ascensor, que se queda ahí, que no vuelve a subir, soy tan feliz al pensarlo que me recreo en ese sueño agradable.
Pero la vida… es a veces tan injusta…
jueves, 22 de noviembre de 2007
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